jueves, 21 de agosto de 2008

Desdoblamientos...

Hoy se repite el ocaso de la suave brisa que nos mecía tranquilamente.
Luchando contra mis tempestades intento encontrarte un refugio en nuestra híbrida frontera, pero seguís por tu cuenta, ni siquiera ahogándote de ganas.
¿Qué pasa que no te oigo ya en el eco del paisaje que elegimos?
Soy valiente ante tus desconciertos infundados y tus amenazas de probarme, pero me asustan.
Arrollo tu paz a veces. ¿La desasosiego?

A veces me siento estúpida cantándole a mis dimensiones desconocidas.
A veces me encuentro, imbécil, manoteando, desgarrando ideas con sangrantes palabras, para luego coser sin anestesia heridas que gritan la inevitable vulnerabilidad de mis escondites al descubierto.
Analuz

sábado, 16 de agosto de 2008

La frívola indiferencia es el opio (bis) de los pueblos…

Arthur Schopenhauer dijo una vez: "Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de oscuridad para brillar." Hay tantos ejemplos en la historia…

Qué fácil que es acordarse del barbudo cuando las pasamos feas... Si creés que existe uno, como Papá Noel.

No puedo aceptar ningún combo religioso así como me los venden, mas bien rescato algunos valores o lo que fuere referidos al ser humano de varios lados... Y por ahora poco me importa y no creo en la vida eterna, pienso que me aburriría muuucho… Tal vez porque no alcanzo a dimensionar ni a asumir, justamente por mi carácter finito, tanta cosa… El mismo filósofo decía: “Desear la inmortalidad es desear la perpetuación de un gran error.”

“Agnóstica”, “atea”, la verdad poco me importa la etiqueta... Hay que encontrarse con el que está al lado, con el ser humano posible.

El ser humano no es un hecho, es algo que se construye (o destruye) paso a paso. Hay que “ser” más humano, activamente… ¿Sino de qué nos sirve la religión? Y no sólo la religión, sino también la filosofía, la economía, la política, nuestro trabajo, nuestro estudio, nuestra vida en general…

Creo que esto es importante pensarlo y practicarlo día a día, en lo posible, para evitar que “para millones y millones de seres humanos el infierno (siga siendo) la Tierra”…




Analuz

jueves, 7 de agosto de 2008

¡Qué quilombo!

Palabra polémica y llena de censuras, por lo menos en cuanto a mi uso cotidiano, o demasiado cotidiano para referirme al desorden o al bochinche, que ha hecho que muchos me digan: “Shhhh!!! Cómo vas a decir así?!”… Implícitamente, (al margen de que después me enteré de que se usaba para denominar a los prostíbulos), nunca me pareció una “mala” palabra. Y digo “mala” porque no hay “malas palabras” sino palabras mal usadas.
Ahora, ¿De dónde viene? Acá va un intento de explicación, después de una vaga incursión por la red, con alguna que otra edición de parte de la que presenta este post.

En Latinoamérica, la palabra palenque o quilombo (del kimbundu: kilombo) se usaba para denominar los lugares o concentraciones políticamente organizadas por negros esclavos “cimarrones" en lugares con fuente de agua y cuevas, con alcaldes que ejercían su autoridad al interior.
En 1502 los españoles trajeron los primeros esclavos negros de África a América para reemplazar la mano de obra indígena, que iba disminuyendo ostensiblemente en sus colonias. Vivían en las haciendas, en barracas o barracones; en las ciudades, estas barracas estaban ubicadas en un rincón de los huertos o solares, y propendían al hacinamiento y las enfermedades.
A fines del siglo XVII y principios del XVIII, se formaron unas rancherías en los alrededores de la ciudad de Lima hechas por esclavos que, en busca de su libertad, habían preferido huir y rebelarse contra el opresor sistema. Éstas en lo posible, se ubicaban en las zonas menos transitadas, con bosques para ocultarse de los perseguidores. Alrededor de 1710, evolucionaron hasta convertirse en quilombos. Estos, entonces, eran asentamientos rurales de negros “cimarrones”, rebeldes.
Un palenque tenía una fuente de agua, un pedazo de tierra para cultivo, un almacén subterráneo y una pequeña cantidad indispensable de lampas y hachas.
Tenían cierta autarquía, aunque mantenían relaciones económicas más o menos normales con las ciudades y haciendas vecinas. En sus áreas de cultivo, sembraban maíz y zapallo, se abastecían de carne cazando venados y pájaros y obtenían algún que otro dinero vendiendo sombreros y canastas.
Se mantenía una vida comunitaria, caracterizada por la igualdad entre todos los integrantes, tanto para el trabajo como para el reparto del alimento y el comportamiento social y moral.
Para su defensa, en algunos palenques se habían construido fuertes; estaban hechos de palizadas, en el punto más alto de su temporal albergue. Tenían como únicas armas espadas, cuchillos y otras armas blancas; nunca poseyeron armas de fuego y en otros casos completaban su defensa acopiando piedras. Hacían ejercicios de corte militar, utilizando la táctica de las guerrillas.
En su búsqueda de libertad, se habían unido negros de diversas etnias, incluso algunas que en África mantenían rivalidades muy marcadas, como es el caso de los congos, minas y terranovos.


Si éstos eran (y son, porque siguen existiendo) los verdaderos quilombos, le debemos una disculpa a la palabra, y nos debemos una reflexión sobre qué nuevo nombre ponerle a la idea que nos formamos de ella.